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EL DETECTOR DE MENTIRAS Y LA TIENDA DE LA VERDAD / JORGE BUCAY

EL DETECTOR DE MENTIRAS

— ¡Me revienta! –me quejé.

— ¿Qué te revienta, Demián?
— ¡Que me mientan! ¡Me revienta que me mientan!

— ¿Y por qué estás tan enojado con la mentira? –preguntó Jorge, como si yo me estuviera quejando de que la lluvia es mojada…

— ¿Cómo por qué? ¡Porque es horrible! Me molestan los que me engañan, los que me estafan, los que me enroscan con sus fabulaciones.
— ¿Te enroscan? ¿Cómo hacen para enroscarte?
— Mienten. Eso hacen.
— Pero eso no alcanza, Demi, ellos podrían mentir de hoy hasta mañana y tú divertirte mirándolos contar sus historias…

—Pero yo me engancho, Jorge. Yo confío, yo les creo, cualquier pelotudo se acerca a inventar una gansada y yo le creo.

¡Soy un imbécil!
— ¿Y por qué les crees?
— Porque… porque…, no sé por qué mierda les creo. ¡La puta que los parió! –grité—. No sé… No sé…

El gordo se quedó un rato mirándome en silencio y después agregó:

—Tú ya sabes que sería bueno no enojarse. Pero por ahora, ya que estás enojado, lo mejor debe ser dejarte enojar y hacer algo con la bronca.

Yo sabía a qué se refería el gordo. Jorge decía que la bronca, el amor o la pena son sólo las pilas del cuerpo; que el sentimiento es la energía que antecede al movimiento; que la emoción no es nada sin la acción, que intentar desconectarlas es alienarse, perderse, descentrarse… …Y yo estaba haciendo eso. Tratando de controlar el desborde al que el tema me empujaba.

Mi terapeuta se tiró al piso, acercó un almohadón enorme y lo acomodó frente a él. Sin decir una palabra, dio algunas palmaditas sobre el almohadón invitándome a trabajar con él. Yo conocía la tarea que Jorge me proponía. En silencio, me senté del otro lado del almohadón y empecé a golpear sobre él con los puños. Cada vez más. Cada vez más. Cada vez más. Pegué… y pegué… y pegué. Y después grité. Y puteé. Y seguí pegando. Y pegando… Y pegando… Hasta que me desplomé jadeando y exhausto…

El gordo me dejó recuperar el aliento y después me puso una mano en el hombro y preguntó:

— ¿Mejor?
— No –dije—. Quizás más liviano, pero mejor no.
— Son criterios –dijo Jorge—, yo creo que siempre es mejor alivianar una carga…

Me apoyé en su pecho por un rato y me dejé contener. Algunos minutos después, Jorge preguntó:

— ¿Quieres contarme qué te pasó?

— No, gordo. No. El hecho anecdótico no es importante. Tengo ahora la lucidez de darme cuenta, al menos de eso. Lo que necesito es saber qué me pasa a mí con este tema. Siento que me pongo demasiado loco.

— Bueno, empecemos por algún lado. Trata de decirme sintéticamente cuál crees o sientes que es el problema.

Yo me acomodé en el piso, hice un poco de ruido con la nariz e intenté empezar:
— Lo que pasa, es que cuando yo… –el gordo no me dejó seguir.
— No, no, no. Enúncialo como si fuera un telegrama, como si decir cada palabra te costara una fortuna… dale.
Pensó un poco.

— Me molesta que me mientan –dije al fin. Estaba satisfecho. Esta era la frase. Cinco palabras. Era un mensaje realmente sintético. Miré al gordo. …Silencio… Decidí hacer una inversión y agregar un gasto adicional para darle más realismo. — ¡Me molesta muchísimo que me mientan! Eso.

El gordo sonrió y puso esa cara de abuelo comprensivo que ponía Jorge, y que yo interpretaba a veces como “qué tonto que eres, chico” y otras, como un enorme abrazo que decía “aquí esto” o “está todo bien”.
— ¡Me molesta! –ratifiqué.
— Que te mientan –terminó Jorge.
— ¡Que me mientan! –dije.
— Que TE mientan –remarcó.
— Sí. Que me mientan –yo no entendía adónde iba Jorge.
— ¿De qué te reías? –le pregunté al fin.
— No me río, sonrío…
— ¿Qué pasa? –pregunté—. No entiendo nada.

— Yo conozco ese lugar donde estás parado… Y no lo conozco por haberlo leído en ningún lado. Lo conozco por haber estado parado ahí gran parte de mi vida… Sonrío por simpatía, por identificación, por reconocer a otro yo mismo de otro tiempo, por encontrarlo en tu postura…

— No me sirve, gordo, no me alcanza con saber que tú pasaste por acá. No me consuela saber que ésta es la calle más transitada del planeta. ¡Hoy no me alcanza!

El gordo seguía con su cara de Buda complacido.
— Ya sé, yo sé que no te alcanza pero ¿ya te vas?
— No, ¡no me voy!
— Bueno entonces calma, quisiste saber porqué sonreía y quise contarte, eso es todo…

Jorge volvió a su sillón.
— Te molesta que te mientan.
— ¡Sí!
— ¿Y qué te hace pensar que te mienten?
— ¿Cómo “qué me hace pensar”? Me dicen algo que descubro, antes o después, que no es verdad.

— Ah, pero tú estás confundiendo decir la verdad con no mentir.
— ¿Cómo? ¿No es lo mismo?
— ¡Para nada!

La línea formalmente lógica de mi pensamiento se había estrellado contra una pared de granito… Mi único consuelo era pensar que si, como decía Jorge, la confusión es la puerta de entrada a la claridad, yo debía estar en los umbrales de la luzs uprema porque no entendía un carajo.

— ¡Claro! –empezó Jorge.

— ¡Claro para ti! –intervine—. El gordo se rió con ganas. Y siguió—. Decir la verdad o no, es independiente del hecho de mentir. Te pongo un ejemplo:

Hace muchos años, cuando apareció en el mundo el Detector de Mentiras, todos los abogados y los estudiosos de la conducta humana estaban fascinados. El aparato está basado en una serie de sensores que detectan las variaciones fisiológicas de sudoración, contracturas musculares, variaciones de pulso, temblores y movimientos oculares que se producen en un individuo cualquiera cuando miente.

En aquel entonces las experiencias con La Máquina de la Verdad, como se la llegó a llamar, proliferaban por doquier. Un día, a un abogado se le ocurrió una exploración muy particular. Trasladó la máquina al hospital psiquiátrico de la ciudad y sentó en él a un internado: J. C. Jones. El señor Jones era un psicótico y como parte de su delirio aseguraba que él era Napoleón Bonaparte. Quizás por haber sido estudiante de historia, conocía a la perfección la vida de Napoleón y enunciaba con exactitud y en primera persona pequeños detalles de la vida del Gran Corso, en secuencia lógica y coherente.

A este señor J. C. Jones se lo sentó en el detector de mentiras y luego de una rutina de calibración, se le preguntó.

— ¿Usted es Napoleón Bonaparte?

El paciente pensó un instante y después contestó.

— ¡No!, ¿cómo se le ocurre? Yo soy J. C. Jones.
¡Todos sonrieron, salvo el operador del detector que informó que el señor Jones MINTIÓ!
La máquina demostró que cuando el paciente dijo la verdad (que era Jones) estaba mintiendo (…¡él creía que era Napoleón)

LA TIENDA DE LA VERDAD

 

— Dime, Jorge, existe en casi toda la gente la idea de que todo el mundo necesita terapia, yo sé que tú no estás de acuerdo, y creo que ni siquiera consideras necesaria la terapia indiscriminada. Pero ahora me pregunto: ¿Cualquiera se puede beneficiar de transitar un proceso terapéutico?

— Sí.

— ¿Cualquiera?

— Digámoslo así: a cualquiera que quiera beneficiarse, podría serle útil.

— Pero, ¿por qué alguien podría no querer beneficiarse?

— Anthony de Mello cuenta un cuentito maravilloso que me parece que podría ayudarnos en esta búsqueda:

El hombre caminaba paseando por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y entonces se detenía algunos instantes en cada vidriera, en cada negocio, en cada plaza. Al dar vuelta una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco, intrigado se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate… en el interior, solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

 Tienda de la Verdad

El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían. Entró. Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:

 

— Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?

— Sí, señor, ¿qué tipo de verdad anda buscando: verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?

 

Así que aquí vendían verdad. Nunca se había imaginado que esto era posible, llegar a un lugar y llevarse la verdad, era maravilloso.

 

— Verdad completa –contestó el hombre sin dudarlo. “Estoy tan cansado de mentiras y de falsificaciones”, pensó, “no quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni defraudaciones”.

— ¡Verdad plena! –ratificó. — Bien, señor, sígame. La señorita acompañó al cliente a otro sector y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo: — El señor lo va a atender. El vendedor se acercó y esperó que el hombre hablara.

— Vengo a comprar la verdad completa.

— Perdón, ¿el señor sabe el precio?

— No, ¿cuál es? –contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.

— Si usted se la lleva –dijo el vendedor— el precio es que nunca más podrá estar en paz.

Un frío corrió por la espalda del hombre, nunca se había imaginado que el precio fuera tan grande.

 

— Gra… gracias, disculpe… –balbuceó. Se dio vuelta y salió del negocio mirando el piso. Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo. “Quizás más adelante”, pensó…

—Demián, no necesariamente lo que para mí es beneficioso, lo es también para otro. Puede suceder y es justo que así sea que alguien crea que el precio de cierto beneficio sea demasiado costoso. Es válido que cada uno decida qué precio quiere pagar a cambio de lo que recibe, y es lógico que cada uno elija el momento para recibir lo que el mundo le ofrece, sea la verdad o cualquier otro “beneficio”. Yo no encontraba nada para decir. Y Jorge agregó:

—Hay un viejo proverbio árabe que dice:

“PARA PODER DESCARGAR UN CARGAMENTO DE HALVÁ LO MÁS IMPORTANTE ES TENER RECIPIENTES DONDE GUARDAR EL HALVÁ”.

Con la sabiduría y con la verdad pasa lo mismo que con el Halvá

————————————————-

LA EJECUCIÓN

 

— Pero entonces, la sinceridad no tiene valor para ti –protesté.
— Claro que la tiene, Demián. Lo que pasa es que me niego a instituirla por decreto.
— ¿Y cómo se va a dar ese mundo deseado por ti y por mí?

— Andando el tiempo y andando la vida, te va a pasar, te está pasando ya, que te vas a encontrar con otros y con otras con quienes eres tan libre que no necesitas mentir. Te vas a encontrar con algunos a quienes podrás permitirles tanto quesean como son, que jamás se les ocurrirá mentirte. Esos son tus verdaderos amigos, cuídalos –sentenció Jorge—. Y siesos amigos y tú se dan cuenta de que con ustedes empieza un nuevo orden…

—Dime, ¿para ti la franqueza es patrimonio exclusivo de la amistad?
— Sí. Pero cuidado, que la franqueza es una cosa y la sinceridad es otra.
— ¿Otra más?
— ¡Otra!
— ¿A ver?

— Franqueza viene de franco, de abierto. Recuerda la idea de “libre paso”. Ser franco significa: No hay ningún espacio oculto en mi interior al cual esté vedado el ingreso. No existe ningún rincón de mi pensamiento, sentimiento o recuerdo que no conozca o que yo quisiera mantener reservado. La sinceridad es mucho menos. La sinceridad para mí es: “Todo lo que te digo es cierto, por lo menos cierto para mí” (es decir “No te miento”, como dirías tú).

— O sea que se puede ser sincero y no ser franco.

— Absolutamente. La franqueza, Demián, es una relación sibarítica, como el Amor (así con mayúscula) un sentimiento reservado para pocos, muy pocos.

— Pero Jorge, si esto es cierto, yo puedo tener espacios de mí que te son vedados, sin dejar por eso de se sincero. Es como decir que ocultar no es mentir.

— Por lo menos para mí, ocultar no es mentir. Claro, siempre y cuando no mientas para ocultar.

— Ejemplo, “please”.

DIALOGO EN UNA PAREJA:

— ¿Qué te pasa?
— Nada…
(Sí, algo le pasa y él sabe que algo le pasa, aunque no sepa qué. Está mintiendo.)

OTRO CASO:
— ¿Qué te pasa?
— No sé…
(Sí, algo le pasa y él sí sabe que le pasa, entonces está mintiendo.)

UNO MÁS:
— ¿Qué te pasa?
— No te quiero contestar ahora.
(Será más jodido, pero este oculta y es sincero.)

— Pero, Jorge, en los primeros dos ejemplos mi pareja me lo banca o me comprende. En el último, me manda a la mierda.

—Bueno, quizás sea hora de replantearte qué clase de pareja tienes, que comprende y banca cuando mientes y castiga cuando eres sincero.
— ¿Siempre tienes una respuesta?
— ¡Sí! Todos tenemos siempre una respuesta. Aunque esta sea a veces el silencio, otras la confusión y otras la fuga.
— Me tienes podrido.
— A mí también me tengo podrido.
— A ver, gordo, déjame hacer un resumen.
— Dale.

— Tú dices que no avalas la postura de clasificar el mentir como malo. Dices que esta es una decisión de cada uno en

cada momento.
— Y en cada relación –agregó Jorge.
— Y en cada relación –asentí—. Sostienes además que mentir no es ocultar.
— No, sostengo que ocultar no es mentir. Que no es lo mismo.

— Verdad. Y dices también que la sinceridad hay que reservarla para los amigos y la franqueza para “los elegidos”.

¿Eso?

— Sí. Más o menos.

— Bien, entonces que yo crea en lo que dices, siempre va a depender de la relación entre tú y yo. De mi confianza o de mi amor.

— Por supuesto. De eso y de tus ganas.
— ¿Qué ganas?
— ¿Te cuento un cuento?

En un lejano país había un señor feudal, cuyo poderío sólo era equiparable a su crueldad. En su territorio imperaba su ley y a los campesinos les estaba prohibido hasta mencionar su nombre. El pueblo vivía oprimido por los alguaciles que él designaba y agobiado por los recaudadores de impuestos, que les quitaban las pocas monedas que podían obtener vendiendo sus cosechas, sus vinos o sus trabajos manuales.

 Nolav, que así se llamaba el señor, tenía un poderoso ejército del que cada tanto surgían algunos jóvenes oficiales que intentaban algún motín para derrocarlo… Pero el Tirano doblegaba todos esos intentos a sangre y fuego. El sacerdote del pueblo era tan bondadoso, como malvado el gobernante. Un hombre respetuoso de su fe y que dedicaba su vida a ayudar a otros y a enseñar lo mucho que sabía.

 Vivían con él en su casa 15 a 20 discípulos, que seguían su camino y aprendían de cada gesto y de cada palabra de su maestro. Un día, después de la oración matinal, reunió a sus discípulos y les dijo:

 — Hijos míos, debemos ayudar a nuestro pueblo. Ellos podrían luchar por su libertad, pero el Señor de la Tierra les ha hecho creer que tiene demasiado poder para que lo s hombres y mujeres se animen a enfrentarlo. El miedo por Nolav ha crecido con ellos y a menos que hagamos algo, morirán esclavos.

— Lo que tú digas será hecho –contestaron al unísono.

— ¿Aunque cueste la vida de ustedes? –preguntó.

— ¿Qué es la vida si uno, pudiendo ayudar a su hermano, no lo hace? –contestó uno de los discípulos que hablaba como vocero de todos. Llegó el día quinto del tercer mes. Ese día se festejaba en el palacio el cumpleaños del amo. Y por única vez en el año, el Señor de la Tierra paseaba en su carruaje y por el pueblo. Rodeado por una fuerte custodia y ataviado con trajes bordados en oro y piedras preciosas, Nolav empezó su paseo esa mañana. Había un bando que ordenaba que todos los campesinos debían postrarse ante el paso del carruaje real, en señal de respeto.

 Para sorpresa de todos, a pocas cuadras del palacio el carruaje pasó por una calle y uno de los súbditos permaneció de pie a su paso. Los guardias lo detuvieron inmediatamente y lo llevaron ante el Señor.

— ¿No sabes que debes inclinarte?
— Lo sé, Alteza.
— E igual no lo hiciste.
— No lo hice.
— ¿Sabes que te puedo condenar a muerte?
— Eso espero, Alteza.

 Nolav se sorprendió de la respuesta, pero no se intimidó.

— Bien, si esta es la forma en que quieres morir, al atardecer el verdugo se ocupará de tu cabeza.
— Gracias, mi señor –dijo el joven y se arrodilló sonriente.

 De entre la multitud, alguien gritó.

—Mi Señor, mi Señor, ¿puedo hablar?

 El dictador le permitió acercarse.

— Dime.
— Permitidme mi señor que sea yo y no él, el que muera el día de hoy.
— ¿Estás pidiendo ser ejecutado en su lugar?
— Sí Señor, por favor, siempre os fui fiel. Permitídmelo, por favor.

 El amo se sorprendió y preguntó al condenado:

— ¿Es tu familiar?
— Jamás lo vi en mi vida. No le permitas reemplazarme, la falta es mía y es mi cabeza la que debe rodar.
— No, Alteza, la mía.
— No, la mía.
— La mía.
— Silencio –gritó el Señor— puedo complaceros a los dos. Ambos serán decapitados.
— Bien, Majestad, pero por ser el primer condenado creo que tengo derecho de ser el primero.
— No, Señor ese privilegio me pertenece a mí, que ni siquiera he ofendido a su Alteza.

— Basta ya, ¿qué es esto? –gritó Nolav—. Callaos y os concederé el privilegio de ser ejecutados a la vez, hay más de un

verdugo en esta tierra. Una voz se alzó entre la multitud.

— En ese caso, Señor, yo también quiero estar en la lista.
— Y yo, Señor.
— Y yo.
 

¡El Señor feudal estaba atónito! No entendía qué estaba pasando. Y si había algo que ponía de mal humor al dictador era que sucediera algo sin que él pudiera entenderlo. Cinco jóvenes sanos pidiendo ser decapitados era algo incomprensible. Entrecerró los ojos para reflexionar. En pocos segundos tomó una decisión. No quería que sus súbditos pensaran que le temblaba el pulso. ¡Serían cinco los verdugos!

 Pero cuando abrió los ojos y miró a la gente reunida, ya no eran cinco sino más de diez las voces de los que reclamaban ser ejecutados y las manos seguían levantándose. Esto era demasiado para el poderoso Señor Feudal.

 — ¡Basta! –gritó— se suspenden todas las ejecuciones hasta que yo decida quiénes van a morir y cuándo.

 Entre las protestas y los reclamos de los que querían morir, el carruaje regresó al palacio. Una vez allí, Nolav se encerró en sus habitaciones y se dedicó a pensar sobre el tema. De pronto. Se le ocurrió una idea. Mandó a traer al sacerdote. Él debía saber algo sobre esa locura colectiva. Rápidamente salieron a buscar al anciano y lo trajeron ante el Señor Feudal. — ¿Por qué tu pueblo se pelea por ser ejecutado? El anciano no respondió.

— ¡Responde!

Silencio.

—Te lo ordeno.

Silencio.

— No me desafíes. ¡Tengo maneras de hacerte hablar!

Silencio.

 El anciano fue llevado a la sala de torturas y sometido a los peores tormentos por horas, pero se negó a hablar. El tirano mandó a sus guardias al templo a buscar a algunos de sus discípulos. Cuando estuvieron allí, les mostró el cuerpo dañado del maestro y les preguntó: — ¿Cuál es la razón de que los hombres quieran ser ejecutados?

 Con un hilo de voz, el anciano sacerdote gritó:

— ¡Les prohíbo hablar! 

El Señor de la Tierra sabía que no podría amenazar con la muerte a ninguno de los que allí estaban, así que les dijo:

— Haré sufrir a tu maestro los peores dolores que un hombre ha concebido. Y los obligaré a presenciarlo. Si aman a este hombre, díganme el secreto y luego todos podrán irse.

— Está bien –dijo uno de los discípulos.

— Cállate –dijo el anciano.

— Continúa –dijo Nolav.

— Si alguien muere ejecutado en el día de hoy… –empezó el discípulo…

— Cállate –repitió el anciano—. Maldito seas de tu pueblo si revelas el secreto…

El Señor hizo un gesto y el viejo recibió un golpe que lo dejó inconsciente.

—Sigue –ordenó.

—El primer hombre que muera ejecutado en el día de hoy, después de la puesta del sol, se volverá inmortal.

— ¿Inmortal? ¡Mientes! –dijo Nolav.

— Está en las Escrituras –dijo el joven, y abriendo un libro que traía en su bolso, leyó el párrafo que lo confirmaba. ¡Inmortal!, pensó el Señor Feudal. Lo único que el dictador temía era la muerte y aquí estaba la posibilidad de vencerla. Inmortal, pensó. El Señor no dudó un momento, pidió papel y pluma y ordenó su propia ejecución. Todos fueron echados del palacio y al caer el sol, Nolav fue ejecutado según su orden.

 El pueblo se libró así de su opresor y se levantó a luchar por su libertad. Algunos meses después, todos eran libres. Al señor Feudal, nunca más nadie lo mencionó, salvo la noche de su ejecución en que los discípulos, mientras curaban las heridas de su maestro, recibían de él su bendición, por haber arriesgado sus cabezas y también su felicitación por esas maravillosas actuaciones.

— ¿Por qué, Demián, el Señor Feudal creyó una mentira como esa? ¿Por qué fue capaz de ordenar su propia ejecución, por una historia que le contaban sus enemigos? ¿Por qué cayó en la trampa del maestro? Hay una sola respuesta: ÉL QUERÍA CREERLO. El quería pensar que era cierto.

— Y ésta, Demi, es una de las verdades más increíblemente movilizadoras que yo haya conocido en toda mi vida. Creemos algunas mentiras por muchas razones, pero sobre todo porque queremos creerlas. ¿Por qué te enroscas en el que TE miente?, preguntabas el otro día. ¡Te enroscas porque tú quisieras creer que lo que te dice es cierto! –contestó su propia pregunta.

NADIE TIENE MÁS POSIBILIDADES DE CAER EN UN ENGAÑO QUE AQUEL A QUIEN LA MENTIRA LE AJUSTA CON SUS DESEOS

Categorías:Autorreflexión
  1. Maribel
    29 abril, 2011 en 17:10

    Muy buena la reflexion, me centre mas en la tienda de la verdad, la cual tiene razon ya q en ocasiones sentimos la necesidad de conocer mas haya de lo q no se dice,de lo q nos dicen a medias o nos maquillan, creemos estar dispuestos a conocer la razon pero no siempre estamos preparados para recibirlo y aceptarlo tal cual es…ay que cosas y situaciones se nos presentan..pero bueno es parte del crecimiento personal de cada uno de nosotros ya q asi no sabriamos que tan fuertes somos…Grax luis x tomarte el tiempo de subir estas reflexiones te doy un 1000000… sigue asi xao!

  2. libertfree
    3 abril, 2012 en 07:04

    Excelente el detector de mentiras!!! jajajajajaja Los metirosos están locos!!! se creen sus propias mentiras!!! pobrecitos! me encantó esto!!!… es que también me molestan los mentirosos y más cuando te das cuenta en el mismito instante que te están mintiendo. De ahora en adelante ya no somos más W.C., sino que ellos están locos! ;)

    • 3 abril, 2012 en 08:02

      Liber! Creo que para entender este cuento hace falta leer el cuento anterior… “La Ejecución“. A todos nos enseñaron que la mentira es mala, de hecho uno de los mandamientos divinos es “No Mentiras”, sin embargo me pregunto si hemos sido honestos y FRANCOS a lo largo de toda nuestra vida, o mejor aun en una etapa prolongada de la misma… Realmente lo dudo, el engaño es una decisión también y a veces es el camino más fácil para salir de una situación engorrosa. Quien miente, se miente y se juzga primero a sí mismo. Uno es sincero y franco con la gente que uno aprecia y quiere.

      Este cuento (a mi manera de ver) no muestra que la mentira sea mala o de locos, sino que hay gente que está tan convencida que una mentira “para otros” es una gran verdad “propia”, que cuando es incongruente con su esencia, el repetir lo que “otros” quieren escuchar lo hace un Mentiroso.

      Más cuentos: http://wp.me/p1n0TV-v

      Un abrazo.
      Luiso

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